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El poeta no debe confiarse demasiado en la poesía como estado del alma, y en cambio debe insistir en mucho en la poesía como efecto de palabras. La primera se le da de presente: “los dioses se lo otorgan de balde”, dice Valéry. Lo segundo tiene que sacarlo de sí mismo. Hasta los perros sienten la necesidad de aullar a la luna llena, y eso no es poesía. En cambio, Verlaine, hablando de los poetas, confiesa: “Nous… qui faison des vers émus très froidement”. Al pintor que quería hacer versos en sus ratos de ocio, porque ideas no le faltaban, Mallarmé solía responderle: “Pero los versos, oh, Degas, no se hacen con ideas, sino con palabras.” El poeta debe hacer de sus palabras “cuerpos gloriosos”. Toda imprecisión es un estado de ánimo anterior a la poética, lo mismo que a la matemática. Porque al fin vamos creyendo que el espíritu de finura y el espíritu de geometría se comunican por mil vasos subterráneos, lo que no soñaba la filosofía del grande Pascal.
Alfonso Reyes, “Jacob o idea de la poesía”, Obras completas XIV, FCE, 1962. (via cajondevidrio)
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